lunes, 28 de noviembre de 2011

El Relato corto I





Dice Marina Mayoral:
“La novela es como un veneno lento y el cuento, como un navajazo”.


La expresividad de su comparación transmite una idea clara de algunas de las condiciones que un relato corto debe cumplir: la intensidad, la concentración, el impacto, la profundidad...

En un relato corto es imprescindible la precisión. Si no la tiene no llegará nunca a alcanzar esa capacidad de “atravesar” al lector que un buen relato debe tener. O en palabras de Horacio Quiroga:

“No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adonde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas”.


Todas estas palabras nos recuerdan la importancia de la precisión de la que hablamos, nos plantean que el relato debe funcionar como la maquinaria de un reloj, al que no pueden sobrarle ni faltarle piezas; una maquinaria perfectamente ajustada en la que cada engranaje debe encajar con los demás, cumpliendo su función, para que, finalmente, el relato consiga su objetivo de impactar al lector.

En un relato corto es necesario captar rápidamente la atención del lector. La tensión del texto debe estar muy pronto en primer plano. Esa es una de las oportunidades que la brevedad ofrece: poder mantener la tensión en un nivel alto en la mayor parte de la narración (algo que la novela no permite hacer).

De ahí la importancia del inicio del texto. Un buen principio, que genere expectativas, que rompa con lo previsible, que provoque preguntas, es la forma más segura de interesar al lector. Veamos algún ejemplo:


“¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces?”


“El corazón delator” de Edgar Allan Poe

Enseguida, tras el inicio, ha de plantearse el conflicto narrativo. Cuando hablamos de plantear el conflicto, estamos hablando de enfrentar al personaje a una situación para la que no le sirven sus recursos habituales (tanto intelectuales, como emocionales, como físicos...), que remueve sus cimientos, que trastabilla su mundo.

Por ejemplo, puede ser una situación de conflicto: que le toque la lotería, quedarse solo en casa por primera vez, encontrar un niño abandonado o “levantarse convertido en escarabajo”, como ocurre en “Metamorfosis” de Kafka.

Como resultado de este enfrentamiento, de esta crisis, el personaje tiene que acabar necesariamente transformado en su forma de ser, en su forma de entender el mundo. Siendo un texto bre-ve, puede ser que el lector no llegue a ver al nuevo personaje, al personaje transformado a causa de lo vivido, pero al menos deberá atisbar qué facetas de él se han visto afectadas y de qué modo, quedándole la seguridad de que no volverá ya a ser el mismo, de que no será más aquel que conoció al iniciarse la lectura.


Si resumimos lo visto un relato debe tener:
UN BUEN INICIO que nos meta en UN CONFLICTO que el personaje debe superar y tras el cual se produce una TRANSFORMACIÓN en él.

Escucha los siguientes relatos cortos y comprueba si se cumplen estas características:

Instrucciones para dar cuerda a un reloj de Julio Cortázar:



Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él bro-tan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Atelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.




Continuidad de los parques de Julio Cortázar:





Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano iz-quierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión nove-lesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ven-tanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdi-da disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad aga-zapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles erro-res. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se vol-vió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


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El hombre que aprendió a ladrar de Mario Benedetti





Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: "La verdad es que ladro por no llorar". Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendian, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre tenas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: "Dime, Leo, con toda fran-queza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?". La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: "Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano."



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Me gustaría saber vuestra opinión sobre estos relatos en los comentarios,si tenéis alguna duda también la podéis plantear en los mismos,saludos.

1 comentario:

  1. ¡Hola a todos! Soy María José (2ºB) y este es mi ejercicio sobre el personaje en el relato corto.

    - Era un chico alto, con el pelo color dorado que le llegaba por los hombros. Flaco, pero no en exceso. Tendría aproximadamente 16 años aunque aparentara la mayoría de edad.
    Le gustaba la música clásica, y siempre vestía de colores apagados. Pantalones de cuero y camisetas negras de manga corta abundaban en su armario.
    Amante de la literatura y escritura. Buen estudiante.
    Bastante tímido, pero aún así sigue siendo valiente, atrevido, alegre, torpe, respetuoso, despistado e inteligente, los cuáles son sus rasgos más característicos.



    P.D: No estoy segura si el ejercicio se hacía en esta entrada, pero como trataba sobre el Relato Corto, he decidido mandarla aquí.

    ¡Un saludo!

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